VERDAD

Hasta hace poco, para mí la verdad era, sobre todo, lo contrario de la mentira.

Algo claro.
Algo comprobable.
Algo que se puede reconocer, nombrar y - si hace falta - defender.

Ya de niña me decían a menudo que tenía un fuerte sentido de la justicia.
Y durante mucho tiempo creí que eso era simplemente parte de mi forma de ser. Lo veía como una buena cualidad y me sentía orgullosa de ello.

Quería entender qué era verdad.
Pero también quería que los demás lo entendieran.

Y si soy sincera:
también quería que estuvieran de acuerdo con mi manera de ver las cosas.

Durante mucho tiempo creí que, en nombre de la justicia, tenía que defender mis verdades personales.

Pero con el tiempo, esa actitud se volvió cada vez más agotadora.
Se convirtió en una carga.

Hoy intento cambiar mi perspectiva.
Paso a paso.

Cuando confundimos nuestra mirada con la verdad

Hoy veo cuántos conflictos cotidianos nacen exactamente ahí:

porque confundimos demasiado rápido nuestra propia mirada con la verdad.

Decimos:

“Es así.”
“Yo lo sé.”
“Esa es la verdad.”
“Es obvio.”

Y en realidad, muchas veces no estamos hablando de verdad.

Sino de nuestra interpretación.
De nuestra experiencia individual.
De nuestra herida personal.
De nuestra necesidad de no ser cuestionados.

Y es justo ahí donde todo se estrecha.

Lo que hace la mente con eso

La mente es rápida.

Interpreta.
Juzga.
Clasifica.
Nos cuenta lo que algo significa.

Y antes de darnos cuenta,
de un solo momento ya ha surgido toda una historia.

No me toman en serio.
Me están dejando de lado.
Yo tengo razón.
Tengo que aclarar esto ahora.

Todo eso puede sentirse muy verdadero.

Y aun así, muchas veces no es toda la verdad -
sino solo el primer reflejo de nuestro sistema interno.

Quizá esa sea una de las partes más difíciles:

Que algo pueda sentirse muy verdadero para nosotros -
y aun así no ser toda la verdad.

La verdad suele empezar con la honestidad

Quizá nos acercamos más a la verdad
cuando somos honestos con nosotros mismos.

Cuando nos volvemos lo bastante silenciosos
como para sentir lo que realmente está ahí dentro.

Cuando escuchamos nuestro cuerpo.
Cuando dejamos de engañarnos.
Cuando reconocemos nuestras necesidades
en lugar de ignorarlas.

Muy a menudo, en realidad sabemos bastante bien
qué es verdadero y correcto para nosotros.

Nuestro cuerpo nos da muchísimas señales.

Pero cuando vivimos constantemente en la mente,
nos resulta fácil no escuchar esas señales.

Y entonces empiezan a aparecer pequeñas mentiras hacia nosotros mismos.

No por maldad.
Sino muchas veces por costumbre.
Por miedo.
Por adaptación.

Nuestro cuerpo está cansado - pero seguimos adelante.
Ya aguanto un poco más.

No queremos confrontar a nuestra pareja o a nuestros amigos con la verdad,
porque preferimos evitar el conflicto.

Sabemos que nuestro trabajo no nos hace bien -
pero nos quedamos.
No pasa nada.

Estas pequeñas auto-mentiras suelen ser tan cotidianas
que apenas las notamos.

Reconocerlas requiere honestidad.
Y muchas veces también valentía.

Porque cuando empezamos a mirar más de cerca,
no solo vemos la verdad sobre los demás.

También empezamos a ver la verdad sobre nosotros mismos.

Y eso no siempre es agradable.
Pero muchas veces es profundamente liberador.

No todo tiene que ser defendido

Tal vez un punto de inflexión empieza justo ahí,
cuando nos damos cuenta de esto:

No todo lo que dentro de nosotros quiere defenderse
es verdad.

Muchas veces, en realidad, no estamos defendiendo la verdad.

Sino algo en nosotros que se siente amenazado.
Algo herido.
Algo que quiere ser visto, comprendido o validado.

Porque si somos sinceros,
muchas veces no queremos tener razón.

Queremos ser comprendidos.

Y eso es algo muy distinto.

Lo que cambia en las conversaciones

Cuando en una conversación o discusión noto
que dentro de mí aparece el impulso de defenderme,
cada vez intento más hacer una pausa consciente.

No siempre.
Pero más a menudo que antes.

Y a veces, justo en esa pequeña pausa,
empieza a surgir algo nuevo.

Quizá no tengo que reaccionar de inmediato.
Quizá no tengo que corregirlo todo.
Quizá simplemente puede haber dos maneras distintas de percibir lo mismo.

“Lo vemos de manera diferente.
Y está bien.”

Y sorprendentemente, muchas veces es justo ahí
donde nace más conexión
que en todos los intentos por tener razón.

Quizá así puede abrirse un espacio
en el que haga falta luchar menos.

Y quizá ese sea, a veces, el gesto más honesto
que podemos ofrecer.

No hacernos más ruidosos.
No más “correctos”.
No más convincentes.

Sino más claros.

Y de ahí puede nacer algo profundamente reparador:

Más calma interior.
Más respeto.
Más amor.
Menos sufrimiento.

Mini práctica

En tu próxima conversación, percibe el momento
en el que sientas el impulso de defenderte por dentro.

Haz una pequeña pausa.
Y respira.

Pregunta de reflexión

¿Dónde estoy siguiendo ahora mismo a mi mente -
y dejando de escuchar lo que mi cuerpo ya sabe desde hace tiempo?

Zurück
Zurück

SILENCIO

Weiter
Weiter

VÍCTIMA o CREADOR