IMPERMANENCIA

Hay un tema del que huí durante mucho tiempo: la muerte. No tanto la mía. Sino la idea de perder a alguien a quien amo.

Cada enfermedad grave. Cada despedida. Cada funeral me recordaba lo frágil que es la vida. Y precisamente esa fragilidad me daba mucho miedo.

Cuando ya no pude seguir huyendo

En mi familia casi no se hablaba de la muerte. También en mi entorno era un tema que la mayoría prefería dejar atrás lo antes posible. Quizá tenía preguntas. Quizá también miedos. Pero aprendí a guardármelos.

Recuerdo muy bien una reunión familiar. Mi madre habló por primera vez de su propia muerte. Nos contó que quería reservar un árbol para ella y para mi padre en un bosque funerario natural. En aquel momento ambos gozaban de buena salud.

Me sentí incómoda. Lo único que quería era cambiar de tema. Como si el silencio pudiera mantener la muerte fuera de nuestras vidas.

Unos años después, me encontré de repente en medio de esa misma realidad. Mi marido tuvo que someterse a una operación a corazón abierto. Sentía un miedo inmenso y no sabía cómo afrontarlo.

Unos días antes de la operación quiso hablar seriamente conmigo. Me dijo que, si algo salía mal, no quería seguir viviendo dependiendo completamente de los cuidados de otras personas.

Tuve un ataque de pánico.

Por suerte, muchas de las historias que mi mente imaginó entonces nunca se hicieron realidad. Por eso siento una profunda gratitud. Pero aquel tiempo también me enseñó algo importante: mi mente muchas veces hacía mi miedo aún más grande, en lugar de ayudarme.

Comprendí que necesitaba encontrar otro camino.

En esa búsqueda conocí a maestros espirituales muy diferentes. Y, aunque provenían de tradiciones distintas, todos llegaban una y otra vez a la misma conclusión:

La impermanencia no es un error de la vida. Es su naturaleza.

Al principio, esa idea me desconcertó. Porque durante mucho tiempo había vivido cada cambio como si la vida me estuviera quitando algo.

Hoy lo veo de otra manera. Nuestro cuerpo cambia. Nuestros pensamientos. Nuestras relaciones. Nuestras emociones. Cada respiración comienza… y termina.

Durante muchos años quise aferrarme a muchas cosas. A la salud. A la cercanía. Al éxito. A la seguridad. A la juventud. A la sensación de que todo debía permanecer exactamente como era.

Hoy empiezo a comprender que ese aferrarse suele provocar más sufrimiento que el propio cambio. Porque creemos que la vida debería seguir nuestras expectativas, en lugar de aceptarla tal como es.

Lo que termina se vuelve valioso

También lo observo en la vida cotidiana. Una bonita velada llega a su fin. Unas vacaciones terminan. Las personas cambian. Las amistades cambian.

Antes eso me entristecía. Hoy, cada vez con más frecuencia, consigo no ver primero la pérdida, sino la gratitud por haber podido vivir ese momento. Quizá sea precisamente su impermanencia lo que lo hace tan valioso.

Si un atardecer durara para siempre, probablemente dejaríamos de mirarlo. Es precisamente porque una conversación termina. Porque los niños crecen. Porque nosotros también envejecemos. Que esos momentos adquieren un valor tan especial.

El dolor tampoco permanece para siempre

Hubo una época en la que sentía que cierto dolor nunca desaparecería.

Hoy sé que las emociones también son impermanentes. El miedo cambia. La tristeza cambia. La rabia cambia. Algunas permanecen mucho tiempo. Pero ninguna permanece para siempre.

Ese pensamiento no hace desaparecer el dolor. Pero sí me regala esperanza.

Con el tiempo comprendí algo más. La impermanencia no solo significa despedida. Es lo que hace posible que exista espacio para lo nuevo. Si nada fuera impermanente, no existiría la primavera. Ni la sanación. Ni la reconciliación. Ni el aprendizaje. Ni un nuevo comienzo.

Quizá ese sea su mayor regalo: también me da la libertad de cambiar. Antes me aferraba a muchos roles, expectativas y certezas. Hoy intento soltar algunas de ellas. No todas de golpe. Pero paso a paso.

Porque para que algo nuevo pueda nacer, a veces algo viejo tiene que marcharse. Igual que el otoño da paso al invierno. Y el invierno prepara silenciosamente la primavera.

Un maestro silencioso

Cuando hoy pienso en la impermanencia, ya no siento solo miedo. Veo un maestro silencioso. Un maestro que me recuerda que no puedo poseer realmente nada. Que el control es limitado. Que cada momento es único.

Hace algún tiempo leí cuáles eran los arrepentimientos más frecuentes de las personas al final de su vida. No hablaban de haber ganado poco dinero. Ni de haber conducido el coche equivocado. Ni de oportunidades profesionales perdidas. Hablaban de una vida que no se había vivido plenamente.
De sueños que nunca comenzaron por miedo.
De sentimientos que nunca fueron expresados.
De relaciones a las que no se les dedicó suficiente tiempo.

Estas reflexiones me conmovieron profundamente. Porque no creo que, al final de mi vida, vaya a arrepentirme de no haber cumplido suficientes obligaciones. Creo que me arrepentiré más de no haber sido más valiente. De no haber seguido más veces la voz de mi corazón.

Al final, quizá la vida no consista en acumular el mayor número posible de experiencias. Sino en vivir plenamente las que tenemos. No sé cuándo moriré. Pero sí puedo decidir cómo quiero vivir hoy.

La muerte no es un tema fácil. Aun así, deseo que podamos hablar de ella con más naturalidad, sin quedarnos paralizados por el miedo. Tal vez así no solo comprenderíamos un poco mejor la muerte, sino también la vida.

La impermanencia no solo nos recuerda vivir con más consciencia. También nos invita a vivir con más amor. Nos recuerda que todos somos vulnerables. Que cada persona que encontramos ama, espera, fracasa, envejece y algún día tendrá que despedirse.

Cuando realmente hacemos nuestra esta verdad, resulta más difícil juzgar y más fácil encontrarnos con compasión. Entonces dejamos de ver primero el error. Y empezamos a ver a la persona. A un ser humano que, igual que nosotros, está viviendo esta única y efímera vida.

Y eso es precisamente lo que hace que cada encuentro sea tan especial.

LUMA – It begins in you.

Mini ejercicio
Piensa hoy en una persona que sea importante para ti.
Durante un instante, encuéntrate con ella como si ese momento no fuera algo garantizado.
Quizá eso cambie más de lo que imaginas.

Pregunta para reflexionar
¿En qué parte de tu vida estás más ocupado aferrándote que viviendo de verdad?

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