COMPARARSE
¿Por qué miramos tan a menudo a izquierda y derecha… y tan pocas veces hacia nuestro interior?
Él está más en forma. Ella es más delgada. Mi compañera gana más dinero. Ella tiene el smartphone más nuevo. Él monta la bicicleta más moderna. El hijo de mi amiga juega mejor al tenis.
La lista parece interminable. Y, si soy sincera, compararme constantemente suele dejarme agotada.
Un programa muy antiguo
La psicología evolutiva sostiene que nuestro cerebro no fue diseñado para hacernos felices, sino para garantizar nuestra supervivencia. Por eso, desde muy temprano aprendió a orientarse observando a los demás. Casi sin descanso, analiza nuestro entorno social y se pregunta:
¿Sigo formando parte del grupo?
¿Dónde estoy en comparación con los demás?
¿Tengo suficiente valor?
¿Corro el riesgo de ser excluido?
Hace miles de años, estas preguntas eran esenciales para sobrevivir. Los seres humanos dependían de su tribu. Ser expulsado significaba perder protección, alimento y apoyo; muchas veces con consecuencias que ponían en peligro la vida. Por eso nuestro cerebro desarrolló un mecanismo que evaluaba constantemente nuestro estatus social:
¿Quién es más fuerte?
¿Quién tiene más influencia?
¿Quién recibe reconocimiento?
¿Sigo perteneciendo al grupo?
Compararnos no era un defecto de carácter. Era una estrategia de supervivencia extraordinariamente inteligente. Lo fascinante es que nuestro cerebro sigue funcionando hoy según ese mismo programa ancestral.
Lo único que ha cambiado es el mundo que nos rodea. Antes nos comparábamos con las personas de nuestro pueblo. Hoy nos comparamos con el mundo entero, amplificado por internet y las redes sociales. Y la mayoría de las veces comparamos toda nuestra vida con un pequeño instante de la vida de otra persona.
No es de extrañar que aparezcan con tanta facilidad la inseguridad, la envidia y la sensación de no ser suficientes.
¿Quién se beneficia de nuestras comparaciones?
El marketing y las redes sociales conocen muy bien cómo funciona nuestro cerebro. Muchos mensajes publicitarios no apelan principalmente a nuestra razón, sino a nuestros anhelos más profundos. No venden solamente productos.
Venden reconocimiento.
Pertenencia.
Libertad.
Éxito.
A veces ni siquiera compramos el producto. Compramos la esperanza de sentirnos de una determinada manera. Antes nos comparábamos para sobrevivir. Hoy existen industrias enteras que viven de que sigamos comparándonos.
Probablemente no nos falta tanto como creemos. Simplemente, cada día nos recuerdan todo aquello que supuestamente aún nos falta.
Solo vemos una pequeña parte de la historia
Cuando envidiamos a alguien o nos comparamos con esa persona, olvidamos con facilidad algo muy importante: Solo vemos un pequeño fragmento de su vida. Vemos el momento bajo los focos.
No las dudas.
No los fracasos.
No los sacrificios.
No los años que hubo antes.
Y, sin embargo, a veces ponemos toda nuestra vida en duda por una sola imagen de la vida de otra persona.
Volver a encontrar nuestro propio camino
Ese es el verdadero precio de compararnos constantemente: Poco a poco dejamos de ver nuestro propio camino. Invertimos muchísima energía intentando ser como los demás.
Al mismo tiempo, cada vez nos hacemos menos una pregunta fundamental: ¿Qué es lo que realmente quiero yo Independientemente de lo que hagan los demás.
A menudo me pregunto cómo podemos volver a dirigir la mirada desde el exterior hacia nuestro interior. Alejarnos de la constante comparación con los demás y volver a nuestros propios valores, necesidades y anhelos.
Para mí, la respuesta no consiste en luchar contra las comparaciones ni en intentar eliminarlas por completo. Consiste en despertar nuestra curiosidad. En observar con más atención. Y en preguntarnos qué intenta decirnos cada comparación sobre nosotros mismos.
La envidia: la sombra de nuestra sociedad
Conozco la envidia. No solo por los libros. También por mi propia vida.
De niña envidiaba a mi hermano. En una familia muy marcada por los roles masculinos, él disfrutaba de libertades que yo no tenía. También envidiaba a mi hermana, que apenas estudiaba y, aun así, siempre volvía a casa con excelentes notas. Más tarde envidié a amigas que avanzaban más rápido en sus carreras o que destacaban más en el deporte.
No me gustaba ese sentimiento. Me avergonzaba de él. Así que lo reprimía. Lo negaba. Ante los demás. Y también ante mí misma. Hoy comprendo que nunca quise realmente la vida de esas personas. Lo que deseaba era la sensación que asociaba con sus vidas.
Reconocimiento.
Libertad.
Ligereza.
Confianza en mí misma.
En nuestra sociedad, la envidia es una emoción que preferimos no mostrar. Está profundamente ligada a la vergüenza. Desde pequeños escuchamos frases como: «No seas envidioso.» Así aprendemos a deshacernos de ese sentimiento lo antes posible.
Y, sin embargo, probablemente todos conocemos la envidia. Muy pocos hablan de ella. Por eso se convierte en una emoción oculta, algo que preferimos reprimir antes que comprender. Y, paradójicamente, eso suele consumir mucha más energía que la propia envidia.
Hoy ya no veo la envidia como un signo de debilidad. La veo como una invitación a una reflexión honesta sobre uno mismo.
Cuando la envidia se convierte en una brújula
Cuando la envidia permanece en la sombra, puede transformarse fácilmente en resentimiento. Pero cuando la hacemos consciente, puede convertirse en una guía. La otra persona se convierte en un espejo. El verdadero mensaje está en nuestro propio anhelo.
Solo cuando reconocemos conscientemente nuestra envidia, la envidia tóxica puede transformarse en una envidia sabia. En lugar de preguntarnos: «¿Por qué él lo tiene? Ni siquiera debería tenerlo.» podemos preguntarnos: «¿Por qué esto me toca tan profundamente?» En el momento en que nuestra atención vuelve hacia nosotros mismos, comienza el crecimiento.
Hace poco escuché una frase sobre la envidia que me conmovió profundamente: Encender nuestro propio fuego con las chispas de otro.
De eso se trata exactamente. No de hacer más pequeño al otro. No de desearle menos éxito. Sino de tener el valor de mirar más allá de la envidia. Hacia esas puertas dentro de nosotros que quizá todavía no hemos abierto.
A veces, la luz de otra persona puede ayudarnos a redescubrir la nuestra.
Lo que hacemos con ello
Mañana nuestro cerebro probablemente volverá a mirar hacia la izquierda y hacia la derecha.
Eso no es un error. Es simplemente un programa muy antiguo. Pero podemos decidir si creemos cada comparación. Si la convertimos en un juicio. O en una invitación para reencontrarnos con nuestro propio camino.
Quizá la madurez se manifieste precisamente cuando nuestro valor personal deja de depender de compararnos con los demás. Entonces podremos alegrarnos sinceramente por el éxito de otra persona, sin sentir que el nuestro vale menos por ello.
Así, la competencia puede transformarse en conexión. Y nuestra propia vida puede volverse un poco más ligera. Y un poco más serena.
LUMA – It begins in you.
Mini ejercicio
Hoy observa simplemente cuántas veces te comparas con otras personas.
No lo juzgues.
No intentes cambiarlo.
Simplemente observa ese pensamiento con curiosidad y pregúntate:
¿Qué intenta decirme esta comparación sobre mí mismo?
Pregunta para reflexionar
¿Qué anhelo podría esconderse detrás de la comparación que más ocupa tu mente en este momento?