AMBIGÜEDAD
Una y otra vez me descubro intentando simplificar las cosas. Clasificar situaciones y personas en categorías: buenas o malas, simpáticas o antipáticas, correctas o equivocadas.
Pero ¿acaso no estamos todos llenos de contradicciones? Si somos profundamente sinceros con nosotros mismos, ¿no somos al mismo tiempo generosos y egoístas, valientes y temerosos, simpáticos y, a veces, también antipáticos?
Desde muy pequeños aprendimos a mirar el mundo de la forma más clara posible. Por eso nuestro cerebro ama las categorías, las respuestas claras y las historias sencillas.
Nuestro cerebro busca certezas
La ambigüedad significa que una situación, una emoción o una decisión puede admitir más de una interpretación al mismo tiempo. Y a nuestra mente le cuesta mucho tolerarlo.
¿Por qué?
Desde un punto de vista evolutivo, tiene todo el sentido. Durante millones de años, nuestro cerebro tuvo que decidir con rapidez: ¿peligro o seguridad? ¿Amigo o enemigo? ¿Alimento o veneno? ¿Luchar o huir?
Cuanto más clara parecía la realidad, mayores eran nuestras posibilidades de supervivencia. Así estamos programados.
Pensar en blanco y negro ahorra energía. La ambigüedad, en cambio, requiere esfuerzo. El cerebro tiene que mantener abiertas varias posibilidades al mismo tiempo y convivir con la incertidumbre. Precisamente por eso, para muchas personas resulta incómodo al principio y suele evitarse.
La vida moderna rara vez es clara
Si observamos con atención, enseguida descubrimos que nuestra realidad es justamente lo contrario de algo claro.
¿Existe el amor sin dolor?
¿La libertad sin responsabilidad?
¿El éxito sin fracaso?
¿La fortaleza sin vulnerabilidad?
Probablemente no.
La vida está formada por polaridades. Por opuestos que no se excluyen, sino que hacen posible la existencia del otro.
Sin oscuridad no comprenderíamos la luz.
Sin noche no existiría el día.
Sin silencio experimentaríamos la música de otra manera.
Sin tristeza no podríamos sentir la alegría con la misma profundidad.
Y, sin embargo, nuestra mente intenta aferrarse únicamente al lado agradable de la vida. Desea éxito sin tropiezos, calma sin caos, control sin incertidumbre.
Eso es exactamente lo que muchas veces esperamos de la vida, de nosotros mismos y también de los demás.
Y como casi nunca sucede, sufrimos. No porque la vida esté equivocada. Sino porque rechazamos una parte de ella.
Nuestro cerebro simplifica para ahorrar energía. Paradójicamente, a largo plazo acabamos gastando mucha más energía intentando evitar la ambigüedad que aprendiendo a convivir con ella de manera consciente.
El arte de sostener la incertidumbre
Durante mi educación y también a lo largo de mi formación aprendí mucho sobre la mejora constante y la optimización. Durante muchos años, mi forma de pensar estuvo marcada por la búsqueda de objetivos y de la perfección.
Sin embargo, nadie me enseñó a relacionarme con serenidad con la incertidumbre de la vida. Solo mucho más tarde comprendí que precisamente ahí se encontraba esa calma y esa serenidad interior que durante tanto tiempo había buscado sin éxito.
Hoy mi manera de vivir ha cambiado profundamente. Cada día practico permanecer lo más estable posible dentro de lo imperfecto. No siempre lo consigo. Pero cada vez con más frecuencia. Y cada vez noto cómo desaparece una enorme presión de mi vida.
La ambigüedad comienza en nosotros mismos
Los seres humanos no somos líneas rectas.
Deseamos libertad y, al mismo tiempo, seguridad.
Cercanía y, sin embargo, independencia.
Calma y, al mismo tiempo, crecimiento.
Control y también dejar ir.
Quizá sufrimos menos por estos opuestos que por la sensación de tener que elegir uno de los dos. Hemos aprendido a mostrarnos coherentes, a parecer seguros de nosotros mismos. Las contradicciones nos inquietan. Por eso, muchas veces intentamos ocultarlas, no solo a los demás, sino también a nosotros mismos.
Para mí, la tolerancia a la ambigüedad significa precisamente eso: poder sostener esa incertidumbre. No tener que clasificar inmediatamente cada emoción. No necesitar una respuesta para cada pregunta.
Qué liberador es poder decir:
Todavía no lo sé.
Ambas cosas podrían ser verdad.
Puedo comprender ambos puntos de vista.
O reconocer ante mí mismo que dentro de mí pueden convivir sentimientos contradictorios. No todo en nosotros tiene que ser lógico.
No todo crecimiento sigue una línea recta. Podemos crecer y, al mismo tiempo, sentirnos cansados. Vivir de forma consciente y aun así cometer errores. Cambiar y, sin embargo, seguir descubriendo viejos patrones en nosotros.
Para mí, la libertad interior comienza cuando dejamos de intentar ser permanentemente coherentes. Cuando somos radicalmente honestos con nosotros mismos. Y cuando aprendemos a abrazar todas nuestras partes, tanto las luminosas como las oscuras.
También en la relación con los demás
Quizá esto también se refleje en la forma en que nos relacionamos con los demás.
Cuando solo pensamos en términos de blanco o negro, comprender se vuelve difícil. Empezamos a necesitar que los demás representen el lado opuesto.
Los buenos contra los malos. Los que tienen razón contra los que están equivocados. Y, de repente, la otra persona deja de servir al entendimiento. Empieza a servir a nuestra propia necesidad de tener razón. A nuestro propio sentimiento de superioridad.
Quizá precisamente ahí nazca gran parte de la tensión que vivimos hoy como sociedad. Olvidamos que los opuestos pueden existir al mismo tiempo.
La ambigüedad en un mundo complejo
La vida se ha vuelto tan compleja que incluso personas con valores muy similares mantienen opiniones muy distintas sobre muchos temas importantes.
Para mí, un buen ejemplo de ello es la inteligencia artificial. Muchas personas la consideran, ante todo, una amenaza.
Cuando digo que yo también veo esos riesgos, pero que al mismo tiempo reconozco sus oportunidades, suelo encontrar bastante resistencia. Entiendo esa reacción. Los grandes cambios despiertan incertidumbre en nosotros.
Y nuestra mente intenta resolver esa incertidumbre lo antes posible, clasificando algo como bueno o malo. A veces me pregunto qué actitud contribuye más a un buen futuro. ¿Rechazar de entrada una nueva tecnología? ¿O tomar en serio sus riesgos y, al mismo tiempo, explorar sus posibilidades de manera responsable?
Quizá la inteligencia artificial sea precisamente uno de los mayores campos de aprendizaje para desarrollar la tolerancia a la ambigüedad. Para mí, la IA es un espejo de la humanidad. Quizá por eso, al final, no se trate tanto de la tecnología en sí como de la calidad de nuestra conciencia, de nuestros valores y de nuestro autoconocimiento.
Si utilizamos la IA de forma consciente, la cuestionamos con espíritu crítico y, al mismo tiempo, seguimos desarrollando aquellas capacidades profundamente humanas que ninguna máquina podrá sustituir, probablemente sabremos aprovechar mucho mejor su potencial. Porque, al fin y al cabo, toda tecnología acaba amplificando aquello que nosotros decidimos hacer con ella.
Quizá no necesitemos ni resistencia ni euforia.
Sino conciencia.
Entre el blanco y el negro
No tenemos que resolver todas las tensiones. A veces basta con permanecer en ellas durante un instante. Es precisamente ahí, entre el blanco y el negro, donde surge un espacio.
Un espacio para la comprensión.
Para la creatividad.
Y para nuevas posibilidades.
La madurez no comienza con la certeza. Comienza con la disposición a sostener la ambigüedad.
LUMA – it begins in you.
Mini ejercicio
Antes de juzgar hoy una situación o a una persona, regálate diez segundos de pausa.
Quizá exista más de una verdad.
Pregunta para la reflexión
¿Qué incertidumbre de tu vida podrías permitir hoy que simplemente permanezca sin resolverse?