TIEMPO
El tiempo nos presiona.
Todos lo conocemos.
“El tiempo es dinero.”
“No pierdas el tiempo.”
“No tengo tiempo para eso.”
Frases que se dicen rápido.
Y que, aun así, nos aprietan por dentro.
Nos encogen.
A menudo sentimos que el tiempo se nos escapa.
Como si siempre fuéramos un poco demasiado lentos.
Demasiado tarde.
Demasiado llenos.
Demasiado justos.
Y en algún momento, simplemente estamos cansados
de ir siempre detrás.
A veces me pregunto:
¿Se puede poseer el tiempo?
¿Retenerlo?
¿Usarlo “bien”?
¿O es el tiempo simplemente el espacio en el que estamos ahora?
No ayer.
No después.
Ahora.
Si somos sinceros, pasamos gran parte del día
estando ya en lo siguiente.
En la próxima cita.
En el próximo punto de la lista.
En el próximo “todavía tengo que…”.
Y ahí es donde nace esa presión.
No porque el tiempo sea poco.
Sino porque por dentro ya estamos más adelante,
mientras el cuerpo todavía está aquí.
Cada momento trae la posibilidad de reconocer algo, soltar algo o empezar algo.
El arte no es tener más tiempo,
sino sumergirse más profundamente en él.
¿De verdad queremos más tiempo de vida…
o más bien una vida de mayor calidad?
Muchas personas de mi edad ya no desean cosas.
Ni regalos.
Ni objetos.
Desean tiempo.
Tiempo juntos.
Tiempo para hablar.
Tiempo para estar.
Eso dice mucho.
Y, aun así, en la vida cotidiana a menudo nos impacientamos
cuando el tiempo parece “perderse”.
Cuando alguien trabaja despacio.
Cuando algo tarda más.
Cuando tenemos que esperar.
Recuerdo una situación de hace muchos años en Filipinas.
Yo trabajaba en un pequeño resort.
El dueño me presentó a sus empleadas.
Dos jóvenes estaban limpiando los bungalows.
Reían.
Conversaban.
Trabajaban despacio… pero con gusto, se notaba.
Mi mente, moldeada por la eficiencia europea, pensó enseguida:
¿Por qué no empieza una aquí y la otra allá?
Así terminarían más rápido.
El dueño sonrió y dijo solamente:
“Pero entonces no se divertirían en el trabajo.”
Esa frase se me quedó.
Porque era tan simple.
Y tan distinta.
Desde entonces me descubro más a menudo.
Cuando el trabajador hace una pausa.
Cuando algo tarda más de lo planeado.
Cuando alguien no es tan “eficiente” como espero.
Y me doy cuenta:
El estrés no viene de la situación.
Viene de mi ritmo interior.
Cuando lo suelto,
todo se vuelve más tranquilo.
No perfecto.
Pero más tranquilo.
Cuando el entrenador prefiere entrenar con nosotros en vez de guiarnos todo el tiempo…
quizá pueda alegrarme
de que alguien disfrute su trabajo.
Cuando una mujer en la caja del supermercado se pone a conversar
y la fila se hace más larga…
quizá pueda ver
que alguien recibe un pequeño momento de humanidad.
Cuando alguien camina despacio.
O tarda más.
O no entiende algo enseguida…
quizá no necesito presionar.
Estos pensamientos pueden sonar extraños para una mentalidad occidental.
Pero tienen un efecto sorprendente:
Cuando aprendemos a compartir el tiempo en vez de controlarlo,
nuestro cuerpo se relaja.
Nuestro sistema nervioso se calma.
Compartir el tiempo significa a veces
no apurarse.
No suspirar.
No poner los ojos en blanco por dentro.
Significa detenerse cuando alguien pregunta por el camino.
No solo señalar.
Sino acompañar un poco.
Significa escuchar cuando alguien quiere contar algo…
aunque no venga bien en ese momento.
Significa ofrecer a un desconocido un poco de atención.
Una mirada.
Una sonrisa.
Una frase.
“¿Puedo ayudarte?”
Muchas veces no hace falta más.
Cuando un niño llora y los padres se ven cansados…
una mirada amable puede aliviar más de lo que pensamos.
Cuando alguien está sentado en la calle…
quizá una vez no solo pasar de largo.
O dar algo rápido.
Sino preguntar:
“¿Cómo estás hoy?”
No por obligación.
No por lástima.
Sino por humanidad.
Compartir el tiempo no significa dejarlo todo.
No significa estar siempre disponible.
Solo significa no seguir corriendo
cuando alguien está ahí.
He notado algo:
Cuando presiono menos,
algo se afloja.
En el cuerpo.
En la respiración.
En la mente.
El tiempo deja de sentirse como presión.
Y se siente más como espacio.
Cuando no solo “poseemos” el tiempo, sino que lo compartimos —
con desconocidos, con personas que viven o piensan distinto —
nos abrimos al momento.
Cada pequeño acto de atención,
cada sonrisa,
cada conversación abierta
no solo le da conexión al otro,
sino también a nosotros nos regala calma, serenidad y paz interior.
Quien comparte, vive el tiempo de otra manera:
no como presión,
sino como un río
en el que realmente vivimos.
Y quizá ese sea el pequeño cambio de perspectiva
posible en el día a día.
No espectacular.
Sino muy silencioso.
Un poco menos de prisa.
Un poco más de aquí.
LUMA – it begins in you.